
Vincent van Gogh, quien con el tiempo llegaría a ser uno de los grandes maestros de la pintura universal, nació el 30 de marzo de 1853 en Groot-Zundert, un pequeño pueblo de Holanda. Siendo el mayor de los hijos de un pastor protestante, fue un niño difícil, sensible y nervioso que a lo largo de toda su vida dependió mucho de su hermano Theo; quien a pesar de ser cuatro años menor que él siempre lo cuidó por ser mucho más sensato.
Los lazos de afecto que unían a los dos hermanos eran excepcionalmente fuertes. Muy pocas veces se ha oído hablar de una relación fraternal tan conmovedora, la cual siempre los mantuvo muy unidos aun en momentos en que las circunstancias los llevaron a vivir en diferentes ciudades de Europa.
Inquieto y muy activo, Vincent tenía interés en hacer una infinidad de cosas, pero por razones que él mismo desconocía, todo lo que emprendía lo dejaba en la mitad.
A los dieciséis años, Van Gogh -junto a su hermano Theo- comenzó a trabajar en la galería que los marchantes franceses Goupil & Co. tenían en La Haya y de la que su tío Vincent también era socio. Buscando su rumbo y sin tener todavía una vocación definida, algunos años después perdió su puesto en Goupil.y comenzó a ejercer como ayudante de profesor .en Inglaterra. Sin embargo, la falta de perspectivas de futuro lo llevó de regreso a Holanda, donde decidió seguir los pasos de su padre para convertirse en clérigo. Tras un breve período formativo como predicador, Van Gogh se instaló en el Borinage, una región minera del sur de Bélgica y ejerció hasta 1879, año en que no se renovó su nombramiento.
El pintor nace, el resto muere
En medio de estos cambios de actividades, Van Gogh siempre se sintió atraído por la pintura, razón por la cual a los 27 años decidió ser pintor sin tener conciencia del talento extraordinario que tenía. Con el fin de prepararse para ello, empezó por copiar dibujos de un artista a quien admiraba desde siempre: Jean-Francois Millet.
Vincent, que tenía los nervios frágiles y se angustiaba con facilidad, se dio cuenta de que dibujar lo tranquilizaba, por lo que, además de copiar los dibujos de Millet, se dedicó a hacer bocetos. De esta forma, y como no le resultaba sencillo comunicarse con los demás, escogió el camino del arte para expresar sus sentimientos. Y los temas que en esa época trató en sus obras fueron los relacionados con mineros y campesinos, por quienes sentía una gran simpatía, ya que eran personas trabajadoras y sufridas.
Al tomar este cambio de rumbo, sus padres dejaron de respaldarlo económicamente, tarea que recayó en su hermano Theo. Ya en su madurez artística, y por el apoyo incondicional de Theo, Van Gogh llegó a considerar su obra como fruto de los esfuerzos de su hermano.
Metido de lleno en la pintura, el aprendiz torpe y persistente que era Van Gogh en un principio no tardó en convertirse en un maestro dotado de originalidad. Demostró una habilidad excepcional con los efectos cromáticos vivos y armoniosos y en la elección de composiciones sencillas pero memorables.
Admirador de la naturaleza, Van Gogh se dedicó a copiarla pero -tal cual él mismo sostenía- "no lograba ponerse de acuerdo con ella". Así pues, optó por crear una naturaleza propia utilizando sus colores y su imaginación. Sin embargo, en cierto punto, más que la naturaleza a Van Gogh le interesaba la atmósfera. Captar en sus pinturas la transparencia del aire y las partículas de luz se convirtió en su mayor ambición. Incluso, en una de sus cartas le escribió a Theo: "Es todo un reto pintar la atmósfera, pero he descubierto que cuando uno realmente quiere hacer algo, lo logra".
El color de la locura
A principios de 1886 -cuando tenía 33 años- se instaló con su hermano Theo en París, ciudad donde visitó todos los museos a su alcance y entabló relación con varios pintores, entrando en contacto con el arte de la época: el Impresionismo y el Postimpresionismo. Tras descubrir que los colores oscuros que había desarrollado en Holanda estaban totalmente pasados de moda, empezó a utilizar un trazo grueso y vigoroso, añadió a sus pinceladas puntos, rayas y pequeños cuadros y, sobre todo, adoptó los colores puros. De esta forma, al cabo de dos años, alcanzó el notable logro de dominar el estilo moderno.
La agitada vida que llevó en París durante más de dos años junto al largo y frío invierno de la capital francesa hicieron que el cuerpo y la mente de Van Gogh se debilitaran. Para recobrar sus fuerzas, a comienzos de 1888 y ya en su madurez artística, Van Gogh viajó a Provenza -Arlés-, una tibia y luminosa región del sur de Francia que le ofrecía una gran riqueza de colores. Ahí se deslumbró con el dorado resplandor del sol, el intenso azul del cielo y el brillo de las estrellas que alumbraban la noche. Al recorrer los campos iluminados por el amarillo-naranja de los girasoles y por el oro viejo del trigo maduro, Van Gogh volvió a sentirse niño y se apoderó de él una gran alegría de vivir, algo que inmediatamente se reflejó en sus pinturas.
Sus vigorosas pinceladas hacían que los objetos representados en ellas parecieran dotados de movimiento. Su paleta de pintor se fue llenando de colores vivos, y en ella mezcló el verde con el rojo, el azul con el naranja o el violeta con el amarillo, aun cuando su colorido guardaba poca relación con la realidad.
Obsesión por el trabajo
Sin embargo, antes de terminar el año su optimismo se vino abajo con los primeros síntomas de la enfermedad que lo aquejaba, una especie de epilepsia que se manifestaba en forma de delirios y ataques psicóticos.
Van Gogh pintaba de día y de noche cuanto elemento veía: su cama, sus zapatos, los campos de trigo y los girasoles, su propia cara o la de la gente del pueblo. Era como si se hubiera apoderado de él la fiebre del trabajo, llegando a sujetar varias velas de su sombrero para pintar de noche y así amanecer creando tabernas iluminadas, campos bañados por la luz de la luna o noches llenas de estrellas.
Mientras entablaba una fraternal amistad con su colega Paul Gauguin, con quien pasaba largas noches en las que solían tomar más de lo debido, Vincent se mostraba feliz. Pero las trasnoches y su obsesión por el trabajo lo habían hecho olvidarse de comer y dormir, por lo que sus nervios -de por sí frágiles- se debilitaron más todavía. Una noche en que los dos amigos discutían sobre arte, Vincent se enojó, perdió el control y se fue corriendo a su casa donde, en un arrebato, se cortó la oreja. Fue internado en un hospital para enfermedades nerviosas y el doctor que se hizo cargo de él, al darse cuenta de que la pintura era su razón de vivir, le permitió ir al campo a pintar acompañado de un enfermero. Así pues, Van Gogh siguió pintando girasoles, retratos y vistas de alrededores del hospital con los vivos colores con que intentaba expresar sus emociones.
Al salir del hospital, lo primero que hizo Van Gogh fue ir a visitar a su hermano Theo a París. Después de pasar unos días con él, se fue a vivir a Auvers-sur-Oise, un pueblito cercano al noroeste de París donde cada mañana abandonaba su pequeño y humilde cuarto de hotel para irse a pintar al campo. Sin embargo, ya no era el mismo. A pesar de contar con un pequeño pero creciente círculo de admiradores, Van Gogh había perdido la pasión inicial. "Me siento fracasado", le confesaba a su hermano en una de sus cartas. "Por lo que a mí respecta, se acabó. Siento que este es el destino que debo aceptar y nunca cambiará".
Como era su costumbre, el 27 de julio de 1890 Van Gogh salió a los campos para pintar, volviendo al anochecer para encerrarse en su cuarto. Víctima de una nueva crisis nerviosa, se hirió gravemente con un disparo en el pecho. En cuanto su hermano se enteró, corrió a su lado y permaneció junto a él hasta último momento. El destino de amor de hermanos quiso que, ya enfermo y tras haber quedado inconsolable por la muerte de Vincent, Theo falleciera sólo seis meses después, momento en el que fue enterrado en la tumba contigua a la de su protegido hermano.
La viuda de Theo, Johanna van Gogh-Bonger, regresó a Holanda con la colección de Van Gogh y se dedicó a trabajar por el reconocimiento que su cuñado merecía. En 1914, con la fama del pintor asegurada, publicó la correspondencia entre los dos hermanos y, a partir de entonces, la obra de Van Gogh quedó por siempre unida a la historia de su extraordinaria y trágica vida.
Pablo Zuppi
