Robert Francis "Bobby" Kennedy (n. 20 de noviembre, 1925 – 6 de junio, 1968)
-------------------------------------------------------------
“Estos son tiempos de vergüenza y dolor. Hoy no es un día para hablar de política. He guardado esta única oportunidad, mi único evento del día para hablarles brevemente de la insensata violencia en América, que de nuevo salpica a nuestro país y la vida de cada uno de nosotros. No incumbe a una sola raza, las víctimas de la violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y viejas, famosas y desconocidas. Son sobre todas las cosas, seres humanos a los que otros seres humanos querían y necesitaban. Nadie, viva donde viva, haga lo que haga, puede estar seguro de quien va a sufrir, por un acto insensato de derramamiento de sangre. Sin embargo, sigue, sigue y sigue en este país nuestro. ¿Por qué? ¿Qué ha conseguido alguna vez la violencia?, ¿Qué ha logrado crear? La causa de ningún mártir ha sido detenida por la bala de un asesino. Ningún problema se ha solucionado con protestas y desorden civil. Un francotirador es solo un cobarde, no un héroe; y una descontrolada, incontrolable muchedumbre es solo la voz de la locura, no la voz de la razón. Siempre que un americano pone fin a la vida de otro americano, innecesariamente, ya sea en nombre de la ley, o desafiando la ley, ya sea un hombre o de una banda que mata a sangre fría o con rabia, en una ataque de violencia, o respondiendo a la violencia, siempre que se rasgue el viento de una vida, que otro hombre a tejido, torpe y penosamente, para el y sus hijos, siempre que hagamos eso, la nación entera será degradada. "Entre los hombres libres," dijo Abraham Lincoln, “no puede haber un acercamiento exitoso entre las urnas y las balas; y aquellos que produzcan ese acercamiento seguramente perderán su causa y pagáran por las consecuencias”. Y sin embargo parecemos tolerar un nivel creciente de violencia, que ignora nuestra común humanidad, y nuestras demandas a la civilización. Calmadamente aceptamos noticias en el diario sobre matanzas civiles en lugares lejanos. Glorificamos matanzas en películas o en la televisión y lo llamamos entretenimiento. Le hacemos fácil, a hombres de todo tipo de salud mental, el adquirir todas las armas y municiones que deseen. Demasiadas veces celebramos la arrogancia y a los abusadores de poder; demasiadas veces excusamos a los que quieren construir su vida sobre los sueños destrozados de otros seres humanos. Algunos americanos que predican sobre la no violencia en el exterior, fallan al no practicarla acá, en casa. Algunos que acusan a otros de iniciar actos de violencia han, con sus actos, invitado a que estos sucedan. Algunos buscan mártires, otros buscan conspiraciones, pero hay una cosa clara: la violencia engendra violencia, la represión engendra venganza, y solo una limpieza de toda nuestra sociedad, puede arrancar este mal de nuestras almas. Porque existe otro tipo de violencia, más lenta, pero igual de mortífera que un disparo o una bomba en la noche. Esta es la violencia de las instituciones; indiferentes e inactivas, en caída lenta. Esta es una violencia que afecta al pobre, que envenena la relación entre los hombres porque el color de su piel es diferente. Esta es la lenta destrucción de un niño con hambre, y escuelas sin libros y hogares sin calefacción en el invierno. Esta es la devastación del espíritu del hombre, negándole la chance de pararse como un padre y como un hombre entre hombres. Y esto también nos aflige a todos. No he venido aquí a proponer una serie de remedios, tampoco los hay. Para una amplia y adecuada solución sabemos lo que tenemos que hacer. Pues cuando enseñas a un hombre a odiar y temer a su hermano, cuando le enseñas que es un ser inferior por su color, o sus creencias, o las normas que sigue; cuando le enseñas que los que son distintos a él amenazan su libertad, o su trabajo, o su hogar, o su familia, entonces aprende también a enfrentarse a los otros, no como conciudadanos, si no como enemigos, recibiéndolos no con cooperación, si no como invasores que subyugan y someten. Y al final, aprendemos a mirar a nuestros hermanos como extraños, extraños con los que compartimos una ciudad pero no una comunidad, hombres ligados a nosotros en una vivienda común, pero no en un esfuerzo común. Tan solo aprendemos a compartir un miedo común, solo un deseo común, el de alejarse el uno del otro, solo un impulso común de superar el desacuerdo con la fuerza. Para todo esto no hay respuestas. Sin embargo, sabemos qué debemos hacer. Esto es, lograr real justicia entre conciudadanos. La pregunta no es qué programas debemos buscar para ser aplicados. La pregunta es si podemos encontrar en nuestro interior, en nuestros corazones ese liderazgo de propósito humano, que reconocerá las verdades terribles de nuestra existencia. Debemos admitir la vanidad de nuestras falsas distinciones entre hombres y aprender a encontrar nuestro avance en la búsqueda del avance de los demás. Debemos admitir en nuestro interior que el futuro de nuestros hijos no se puede construir sobre las desgracias de otros. Debemos reconocer que esta corta vida no puede ser ennoblecida, ni enriquecida por el odio o la revancha. Nuestra vida en este planeta es demasiado corta, el trabajo por hacer es demasiado grande, para dejar que ese espíritu prospere por más tiempo en esta tierra nuestra. Desde luego, no podemos prohibirlo con militares, ni con una resolución, pero quizás podamos recordar, aunque sea por un momento, que aquellos que viven con nosotros son nuestros hermanos, que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida, que solo buscan, como nosotros, la oportunidad de vivir la vida con bienestar y felicidad, disfrutando lo que la satisfacción y el logro les proporciona. Seguramente este vínculo de sentido común, seguramente este vínculo de objetivos comunes, puede empezar a enseñarnos algo. Seguramente podremos aprender, por lo menos, a mirar a aquellos alrededor nuestro como semejantes, y seguramente podremos empezar a trabajar con algo más de entusiasmo y a curarnos mutuamente las heridas, y convertirnos otra vez, en hermanos y compatriotas de corazón."
Robert Francis "Bobby" Kennedy (n. 20 de noviembre, 1925 – 6 de junio, 1968)
